Conveniamos en medir el tiempo de un modo u otro con el fin de que en nuestra vida diaria podamos realizar nuestras actividades socializadamente. En este sentido, tanto el tiempo como el espacio se consolidan como dos conceptos-pilares básicos de nuestra común existencia, de nuestro estar siendo en el discurrir de una vida limitada, ridículamente esporádica en el in-mensional marco astronómico del universo, donde las unidades espaciales y temporales sobrepasan cualquier pretensión de comprensibilidad. A su pesar, es consustancial al ser humano la necesidad de situarse a sí mismo en un espacio y un tiempo determinados, y de buscar referencias indicadoras que le ofrezcan ayuda en este intento. Coadyuvando a ello, el escenario de la bóveda celeste ha sido tradicionalmente el mejor referente para ensayar suputaciones tendentes al descubrimiento de unidades elementales espacio-temporales, de patrones de medida que permanezcan bondadosamente inalterables.
Para las sociedades primitivas el Sol y la Luna debían (y deben) de ser referencias suficientes y bastantes cuya constante y eterna presencia les permitiera diferenciar el día de la noche, unos días o noches de otros días o noches, y, a lo sumo, llegar a conocer los momentos más propicios para la siembra o el cultivo de alimentos en tal o cual lunación o estación del año. La contemplación y observación detenida de las estrellas errantes (los planetas) y de las estrellas «fijas» implica ya un proceso de complejificación social hacia una civilización que podremos vanidosamente catalogar como más o menos avanzada con respecto a la nuestra. En absoluto puedo estar de acuerdo con quienes pretenden encontrar en la minuciosa laboriosidad de ciertos calendarios de la antigüedad, sean solares o lunares, una solución de necesidad de las propias sociedades agrícolas o agrícolo-ganaderas en las que pretendidamente surgieron aquellos. Ningún agricultor, ni de esta época ni de aquellas remotas, se ve en la necesidad de recurrir a conocimientos astronómicos tan precisos y exactos (o simplemente, tan elaborados) como se nos evidencian en muchos calendarios del pasado primitivo. Podría motivarse la discrepancia mencionando la importancia de la aparición de la estrella Sirio como indicador puntual de las inundaciones anuales del Nilo para los agricultores ribereños, pero fuera de este caso, por otra parte circunscrito su conocimiento a la casta sacerdotal egipcia, en nada beneficia a la cosecha de un agricultor el conocer con exactitud la duración del año solar, los períodos sinódicos de la Luna, ni muchísimo menos la precesión de los equinoccios. La astronomía es una ciencia que requiere de observaciones minuciosas y de gran precisión, que nace en la noche de los tiempos con un fin que en modo alguno podía ser simplemente el de trabajar la tierra.
Se observa el cielo para medir el tiempo (o se observa el cielo y, a la vez, se mide el tiempo) y el espacio. Cuando un astro determinado se sitúa al observador en el mismo punto de mira en dos instantes diferenciados de tiempo tendremos una unidad de medida temporal. Se habrá completado un ciclo entre un inicio y un final de la observación particular. Nuestra propia palabra castellana, y también latina, «mensura» (=medida) proviene del latín «mensis» (=mes), que a su vez procede significativamente del vocablo griego mhnh (=luna). El problema nace cuando se nos hace preciso dividir esa unidad más o menos grande de tiempo en unidades más pequeñas. La medida de tiempo más obvia y sencilla es sin duda la que separa el día de la noche. Cualquier observador profano será capaz de contar por días o por noches. Pero a partir de esta observación cargada de pura lógica fenomenológica, la división del día en horas, minutos y segundos es un asunto absolutamente arbitrario que fue pergeñado en la lejana civilización sumeria (que tengamos constancia), y que desde entonces ha debido de resultar tan atractiva a las civilizaciones que le han sucedido, que ha permanecido invariable hasta nuestros días. Aunque, si hemos de creer al Henoc de la versión eslava (17,2), «el Señor disolvió el eón a causa del hombre e hizo todas las criaturas por causa del mismo y dividió (el eón) en edades; luego de las edades hizo los años, de los años hizo los meses y de los meses los días, y a los días los agrupó en número de siete, y en estos fijó las horas, y las horas las subdividió en espacios menores [...]». Pero en efecto, al margen de estas consideraciones henoquianas, los sumerios «inventaron» un sistema de medición sexagesimal que incluso sobrevive contra viento y marea decimales en nuestros actuales relojes de pulsera para servir de testigos mudos de que aprendemos en nuestras escuelas, y utilizamos en nuestra vida diaria, las mismas unidades básicas de tiempo que se enseñaban en las escuelas de Uruk, Mari y Lagash. En la esfericidad de esos testigos horarios se plasma a su vez otra de las herencias recibidas de aquella primera gran civilización surgida de la nada aparente. Me refiero a la división del círculo en 360º, cifra ésta con la que establecemos el iniciático contacto en nuestras primeras clases de trigonometría, y que no es sino una extensión de la aplicación de un sistema sexagesimal que los sumerios mezclaban, curiosamente, también con el decimal.
La semana planetaria
Pues bien, la siguiente medida de tiempo más cercana al día es la semana o sept-mane latina (siete mañanas, a decir de un primer acercamiento traductivo exento de mayores análisis), unidad temporal teóricamente arbitraria, utilizada por muchos pueblos desde la antigüedad, excepción hecha extrañamente de los griegos y de los antiguos latinos, y que, numerologías mágicas o divinas al margen, tiene su origen significativo en el número de los planetas «clásicos» conocidos desde tiempos remotos. Es notoria y manifiesta la asociación de los nombres de los días de la semana a los siete planetas. Así sucede en castellano y en todos los idiomas románicos, pero también entre los sajones, el antiguo egipto, y hasta en el calendario indio.
CUADRO 1
Planeta
| Latín
| Español
| Inglés
|
Saturno
| Saturni Dies
| Sábado
| Saturday
|
Sol
| Solis Dies
| Domingo
| Sunday
|
Luna
| Lunae Dies
| Lunes
| Monday
|
Marte
| Martis Dies
| Martes
| Tuesday
|
Mercurio
| Mercurii Dies
| Miércoles
| Wednesday
|
Júpiter
| Iovis Dies
| Jueves
| Thursday
|
Venus
| Veneris Dies
| Viernes
| Friday
|
Y es que, en efecto, en la astronomía egipcia el orden de los planetas era, comenzando, al parecer, por Saturno, el siguiente: Saturno - Júpiter - Marte - Sol - Venus - Mercurio - Luna. Un orden éste que, como veremos más adelante, y contra toda apariencia, no tenía nada de aleatorio. Fue este también, en una progresión inversa, el orden que escogió Tolomeo para dividir las edades del hombre en 7 períodos gobernados por los 7 planetas:
Infancia: Luna
Niñez: Mercurio
Adolescencia: Venus
Juventud: Sol
Madurez: Marte
Vejez: Júpiter
Senectud: Saturno
La sucesión de planetas (o de días de la semana), tal como la hemos descrito, no guarda relación alguna con el tamaño de cada uno de ellos, ni con su distancia orbital al sol, ni con su magnitud aparente, ni con su masa. La ordenación es mucho más sutil y de todo punto asombrosa. Pero vayamos por partes.
Dividido el día en 24 horas, cada hora era consagrada en el antiguo Egipto a uno de los siete planetas, continuando cada hora según el orden arriba descrito; y el día entonces recibía el nombre del planeta al que se consagraba la primera hora. Si la primera hora del primer día de la semana se consagraba a Saturno, la primera hora del día siguiente se hacía al Sol, y a este día se le daba el nombre de este «planeta» (Solis Dies), al siguiente el de la Luna, etc., surgiendo así el orden de los días de la semana que conocemos.
CUADRO 2
Hora
| Día 1
| Día 2
| Día 3
| Día 4
| Día 5
| Día 6
| Día 7
|
1ª
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
2ª
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
3ª
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
4ª
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
|
5ª
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
|
6ª
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
|
7ª
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
|
8ª
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
9ª
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
10ª
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
11ª
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
|
12ª
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
|
13ª
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
|
14ª
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
|
15ª
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
16ª
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
17ª
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
18ª
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
|
19ª
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
|
20ª
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
|
21ª
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
|
22ª
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
23ª
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
24ª
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
Cada planeta, en otro orden de esquema, presidía una serie de horas a lo largo de los distintos días de la semana:
CUADRO 3
Planetas
| Día Primero
| Día Segundo
| Día Tercero
| Día Cuarto
| Día Quinto
| Día Sexto
| Día Séptimo
|
Saturno
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
|
Júpiter
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
|
Marte
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
|
Sol
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
|
Venus
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
|
Mercurio
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
|
Luna
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
|
¿Habremos de deducir de ello que el pueblo egipcio, y el romano más adelante, reflejaban en cada hora del día una actitud devota hacia sus dioses? Seguramente era así. Pero quizá recelemos que algo más se pueda esconder tras la pretensión creadora de los ideadores menos «vulgares» o «populares» de estos cronogramas.
Cuando menos, no deja de ser curioso el que los alquimistas de la Edad Media retomaran semejante tradición, pretendiendo además hacerla derivar de antiguas enseñanzas hebreas, muy especialmente de la figura del rey Salomón, cristianizando o judaizando, por lo demás, en espíritus angélicos los antiguos dioses paganos, adornando el contenido del mensaje con esperpénticos grimorios o formulaciones mágicas, y ridículas invocaciones a invisibles compresencias espirituales.
Ahora bien, ya se trate en este caso de consagraciones angélicas o arcangélicas de las celestiales esferas, los planetas a los que estas figuras se asocian siguen siendo los mismos, y aún conservan la misma ordenación «arbitraria» heredada. Idéntico cuadro encontramos en el opúsculo del abate Trithemio de Spanheim, «El arte de invocar espíritus en los cristales», con las horas consagradas en este caso a los ángeles Miguel, Anael, Rafael, Gabriel, Casiel, Saquiel y Samael. O en las Clavículas del Rey Salomón, por poner otro ejemplo, en donde se altera con respecto a este arquetipo el orden sucesivo angélico según este esquema: Miguel, Gabriel, Casiel, Saquiel, Samael, Anael y Rafael.
Los metales «planetarios»
Son precisamente los alquimistas los que dan a conocer lo que, según ellos, proviene de fuentes mucho más antiguas, y es la asociación de cada uno de los siete planetas a un metal particular. Eso sí, todos ellos parecen estar de acuerdo en la especificidad de los emparejamientos metalúrgico-planetarios, de modo que las correspondencias serían las siguientes:
CUADRO 4
Saturno
| Júpiter
| Marte
| Sol
| Venus
| Mercurio
| Luna
|
Plomo
| Estaño
| Hierro
| Oro
| Cobre
| Mercurio
| Plata
|
Escribe al respecto
Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) [
http://www.filosofia.org/bjf/bjfc142.htm ]: «Ultimamente, los infatuados Alquimistas, o por lo menos algunos de ellos, han soñado que las Fábulas de que hablamos, contienen enigmáticamente la doctrina de la
Piedra Filosofal; esto es, enseñan en tono misterioso todas las operaciones, con que se arriva al dichoso término de la transmutación de otros metales en oro. Acaso los ocasionó esa necia aprehensión, el hallar en el idioma de su Arte, aplicados a los siete metales en que trabajan, los nombres de siete Deidades principales del Gentilismo, que son los mismos de los siete Planetas;
como si la aplicación de estos nombres a los metales no fuese posterior muchos siglos a su imposición sobre Planetas, y Deidades. Los primeros Alquimistas, que los impusieron a los metales, no tuvieron otro motivo, que el mismo que los indujo a usar en todos los materiales, operaciones, y efectos de su Arte, de voces extrañas, dejadas las comunes, y recibidas, ya para esconder sus pretendidos secretos, ya para captar el respeto, y admiración del Vulgo con la misteriosa magnificencia del estilo; coadyuvando a este designio, en cuanto a la aplicación de los nombres de los Planetas a los metales, hallar en el oro, y en la plata cierta representación del color, brillantez, y hermosura del Sol, y la Luna. Este Sistema es, no sólo en el complejo, mas en todas, y cualquiera de sus partes, desnudo de todo fundamento; y que no se debe impugnar sino con el desprecio, como todas las demás producciones de la imaginación de los Alquimistas».
Al parecer, pues, no tenemos ninguna prueba documental antigua que nos persuada de que la asociación de esos metales con los siete planetas conocidos es una simple invención medieval propiciada por los alquimistas. Por otro lado, tampoco hallamos ningún sentido de trascendencia cognoscitiva en semejantes correspondencias.
Sin embargo, veamos cómo en este caso (y en otros muchos, sin duda), la etimología se va a mostrar como una herramienta cargada de cientificidad que obviará la necesidad de probar documentadamente la no tan «despreciable» pretensión alquimista.
Digresión etimológica
En latín, la palabra que designa al Sol es «Solis». La palabra «oro» se traduce en el idioma de Augusto por «aurum». Nada, en efecto, nos induce a pensar en un parentesco entre ambos vocablos, ni siquiera en un origen común. Porque no lo tienen. Ahora bien, la palabra también latina «aurora», que se traduce como alba, alborada, primera luz del día, sí está emparentada inequívocamente con «aurum», y en ella hallamos una primera significación indirecta que hace referencia al Sol, al astro del día por excelencia. Pero también la palabra «auriga» (de aureoe y ago), e.d., cochero, carretero, conductor del «carro», piloto, hace referencia primitivamente al carro del Sol, el mismo sobre el que montaba Faetón con el permiso de Apolo, y por el que, no pudiendo controlarlo, causó estragos en la tierra y en el cielo, a decir del mito.
Ambos ejemplos resultan bastante clarificadores, pero no tan significativos como las palabras latinas «apricatio», «aprico», «apricor», «apricum», «apricus» e incluso «aprilis» (el mes de abril). La raíz es la misma en todas ellas, y designa indudablemente, y contra todo pronóstico (ya hemos visto la significación de la palabra solis), al Sol. Analicemos la traducción que da el diccionario de ellas:
Apricatio: exposición al sol, permanencia bajo los rayos del sol. Aprico: calentar por medio del sol (de aquí procede el vocablo castellano «abrigo»).
calentar por medio del (de aquí procede el vocablo castellano «abrigo»). Apricor: calentarse al sol, estar al sol.
calentarse al , estar al . Apricum: lugar abrigado, soleado || día, claridad del día.
lugar abrigado, || día, claridad del día. Apricus (según el Diccionario Latino-Español de la Editorial Ramón Sopena, palabra de origen incierto): expuesto al sol, que está al aire libre, despejado || rebosante de sol, claro, puro || caliente, tibio || viento del Mediodía.
(según el Diccionario Latino-Español de la Editorial Ramón Sopena, )expuesto al , que está al aire libre, despejado || rebosante de , claro, puro || caliente, tibio || viento del Mediodía. Africus: el ábrego [viento del SO].
el ábrego [viento del SO].Aprilis: mes de Abril (por una sencilla regla de tres, «abril» no significa otra cosa que «mes del sol». Perfecto. Pero –la pregunta surge espontánea– ¿tiene todo esto algo que ver con el oro? Sin duda que sí, porque la raíz significativa de esos latinismos, APRIS (= Sol) no es sino la misma palabra AURIS (= oro), modificada a través de un natural proceso idiomático nada violento con las reglas evolutivas lingüísticas (AURIS - AVRIS - AFRIS/APRIS - ABRIS), proceso que siguió evolucionando posteriormente dando lugar, mediante divergentes transformaciones, a palabras como abrigo o abril en castellano, abri, abriter o avril en francés, april en inglés, etc.
A propósito del mes de abril, en un artículo de prensa aparecido en El Correo Español - El Pueblo Vasco el día 31 de diciembre de 1999 («Las trampas del calendario»), se dice sobre el mismo: «No hay acuerdo sobre la procedencia de su nombre. Se ha asociado con las palabras latinas aperire (abrir) y aper (jabalí), pero también con la griega afril (espuma), que hace referencia al nacimiento de Venus, Afrodita, diosa de la naturaleza y protectora de huertos y jardines». Creo que mi explicación resulta a todas luces mucho más reveladora, teniendo en cuenta que de tal paralelismo idiomático fueron ya conscientes anteriormente otros autores. El gran manipulador del lenguaje Nostradamus fue uno de ellos, pero no lo manifestó abiertamente al objeto de disfrazar ciertas significaciones que, haciendo ascos al empirismo, intuyo de trascendencia. Sin embargo, utilizando otras palabras bien diáfanas, Juan Manuel Igartua S.J., en su libro El enigma de la profecía de S. Malaquías sobre los Papas, publicado por Ediciones Acervo, Barcelona, 1976, pág. 429, dice –en lo que nos interesa– lo siguiente, refiriéndose al lema número 51:
«Corona veli aurei» = «La corona del velo de oro». Martín V (1417-31).
«De la familia Colonna, Cardenal Diácono de S. Jorge junto al Velo de oro (Velabrum)» (Chacón). El dato de la familia Colonna es aducido porque en su escudo figura una columna (colonna) y sobre ella «una corona». En cuanto al título cardenalicio de S. Jorge «Ad Velabrum», es aducido por la transición «Velum-aureum» de «velabrum» transición «Velum-aureum» de «velabrum». Velabrum es un barrio de la Roma antigua, lugar de mercados de comestibles para los romanos, y parece provenir del «Velarium», el gran velo que cubría el circo para protegerlo entero del sol (Forcellini).
La identificación, por tanto, del oro con el sol era tan sólida en el idioma latino, que, más allá de sutiles o poéticas comparaciones de belleza contemplativa, dio lugar, a través de un largo proceso lingüístico, a la creación de palabras nuevas (como auriga o aprilis) con una significación completamente alejada de su connotación originaria. Por lo que –cuando menos en lo que al Sol se refiere– deberíamos quitar la razón al infatuado Feijoo, y concluir que no fueron los denostados alquimistas los inventores de semejante asociación. Por el contrario, siquiera los latinos –y, por cuanto las transformaciones idiomáticas se desarrollan lenta y progresivamente a impulsos de los siglos, habremos de decir los antiguos latinos–, comenzaron ya a urdir la pretendida superchería.
Podríamos continuar hacia atrás en el tiempo, y analizar, por ejemplo, los orígenes de la palabra griega hlioV (Sol), y la aparentemente absurda traducción de hlektron (elektron), a decir del diccionario, por ámbar amarillo o «electro, aleación de oro y plata», de donde proviene el electrum latino (metal compuesto de 4 partes de oro y una de plata || bola de ámbar [que las matronas romanas llevaban en la mano durante el verano]), y suscitar asimismo las sospechas filológicas de que también la Luna y la plata convergieron significantemente en tiempos mucho más antiguos que el medievo. Pero me extendería demasiado para los fines de este artículo. La Tabla periódica
Baste por el momento decir que creo, con suficiente convicción parcialmente demostrada, que, por la razón que fuera (no, desde luego, poética), hubo desde antiguo una tradición que asociaba a los siete planetas conocidos siete metales bien definidos. Metales que, lógicamente, forman parte de nuestra Tabla Periódica de los Elementos, es decir, de la sucesión de los elementos existentes en la naturaleza en función de su composición electrónica; con otras palabras: de las unidades básicas (elementales) espaciales de que está compuesta la materia. Y echando una ojeada a esta Tabla que sólo los escolares de este siglo agonizante hemos podido estudiar, hallamos la siguiente distribución atómica de aquellos metales, ordenados según la sucesión planetaria que ya nos resulta familiar:
CUADRO 5
Metal
| Nº At.
| Planeta
|
Plomo
| 82
| (Saturno)
|
Estaño
| 50
| (Júpiter
|
Hierro
| 26
| (Marte)
|
Oro
| 79
| (Sol)
|
Cobre
| 29
| (Venus)
|
Mercurio
| 80
| (Mercurio)
|
Plata
| 47
| (Luna)
|
CUADRO 6
| Nombre Número Atómico
Símbolo
Número de Neutrones
|
Configuración electrónica
|
Hierro
26
Fe
30
| | | Cobre
29
Cu
35
| | | |
2.8.14.2
| | | 2.8.18.1
| | | |
| | | | Plata
47
Ag
61
| | | Estaño
50
Sn
69
|
| | | | 2.8.18.18.1
| | | 2.8.18.18.4
|
| | | | Oro
79
Au
118
| Mercurio
80
Hg
121
| | Plomo
82
Pb
125
|
| | | | 2.8.18.32.18.1
| 2.8.18.32.18.2
| | 2.8.18.32.18.4
|
Obsérvese detenidamente el cuadro, porque nos daremos cuenta enseguida de que hay un orden de los elementos que en mi opinión no puede ser debido a la casualidad. La sucesión armónica se produce en orden ascendente o descendente según el número atómico cada dos elementos. Comprobamos la simetría de esta sucesión atómica en la tabla horaria de la semana.
CUADRO 7
Hora
| Día 1
| Día2
| Día3
| Día4
| Día5
| Día6
| Día7
|
1ª
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
2ª
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
3ª
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
4ª
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno (82)
|
5ª
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio (80)
| Júpiter
|
6ª
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol (79)
| Luna
| Marte
|
7ª
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter (50)
| Venus
| Saturno
| Sol
|
8ª
| Saturno
| Sol
| Luna (47)
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
9ª
| Júpiter
| Venus (29)
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
10ª
| Marte (26)
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
11ª
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno (82)
|
12ª
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio (80)
| Júpiter
|
13ª
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol (79)
| Luna
| Marte
|
14ª
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter (50)
| Venus
| Saturno
| Sol
|
15ª
| Saturno
| Sol
| Luna (47)
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
16ª
| Júpiter
| Venus (29)
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
17ª
| Marte (26)
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
18ª
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno (82)
|
19ª
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio (80)
| Júpiter
|
20ª
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol (79)
| Luna
| Marte
|
21ª
| Luna
| Marte
| Mercurio
| Júpiter (50)
| Venus
| Saturno
| Sol
|
22ª
| Saturno
| Sol
| Luna (47)
| Marte
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
|
23ª
| Júpiter
| Venus (29)
| Saturno
| Sol
| Luna
| Marte
| Mercurio
|
24ª
| Marte (26)
| Mercurio
| Júpiter
| Venus
| Saturno
| Sol
| Luna
|
Por si nos quedara alguna duda de que la progresión atómica pudiera deberse al puro azar, el cuadro de las horas que se consagran a cada planeta-día de la semana no hace sino reforzar la certitud de la existencia de una premeditada intencionalidad. Atribuirlo a la casualidad significaría echar por tierra cualquier teorema de causalidad probabilística.
Volvamos, pues, al CUADRO 3, y sumemos separadamente las cifras correspondientes a las horas consagradas por planeta y día, según el diagrama siguiente:
CUADRO 3
Planetas
| Día Primero
| Día Segundo
| Día Tercero
| Día Cuarto
| Día Quinto
| Día Sexto
| Día Séptimo
|
Saturno
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
|
Júpiter
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
|
Marte
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
|
Sol
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
|
Venus
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
|
Mercurio
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
|
Luna
| 7
| 14
| 21
| 4
| 11
| 18
| 1
| 8
| 15
| 22
| 5
| 12
| 19
| 2
| 9
| 16
| 23
| 6
| 13
| 20
| 3
| 10
| 17
| 24
|
CUADRO 8
Planetas
| Día 1-Saturno
| Día 2-Júpiter
| Día 3-Marte
| Día 4-Sol
| Día 5-Venus
| Día 6-Mercurio
| Día 7-Luna
|
Saturno
| 46
| 36
| 50
| 39
| 54
| 42
| 33
|
Júpiter
| 50
| 39
| 54
| 42
| 33
| 46
| 36
|
Marte
| 54
| 42
| 33
| 46
| 36
| 50
| 39
|
Sol
| 33
| 46
| 36
| 50
| 39
| 54
| 42
|
Venus
| 36
| 50
| 39
| 54
| 42
| 33
| 46
|
Mercurio
| 39
| 54
| 42
| 33
| 46
| 36
| 50
|
Luna
| 42
| 33
| 46
| 36
| 50
| 39
| 54
|
Al ordenar las sumas resultantes de menor a mayor, y sustituyendo los días por los planetas correspondientes según la sucesión repetidamente expuesta, no obtenemos sino el orden de los elementos de la tabla periódica en función de su número atómico. Veamos, por ejemplo, la línea de Marte:
Día
| Nº horas
| Planeta
| Metal
| Nº atómico
|
Día 3
| 33
| Marte
| Hierro
| 26
|
Día 5
| 36
| Venus
| Cobre
| 29
|
Día 7
| 39
| Luna
| Plata
| 47
|
Día 2
| 42
| Júpiter
| Estaño
| 50
|
Día 4
| 46
| Sol
| Oro
| 79
|
Día 6
| 50
| Mercurio
| Mercurio
| 80
|
Día 1
| 54
| Saturno
| Plomo
| 82
|
Como si de un divertido pasatiempos se tratara, la aparente aleatoriedad de la sucesión de planetas-metales, dispuestos en sentido vertical, se desvela en sentido horizontal «descodificado», mostrando diáfanamente su anacrónica arbitrariedad.
El que antes de la era atómica (y casi me da lo mismo que fuera en la época de los faraones o en el tiempo más reciente de los alquimistas) se tuviera ya un conocimiento, transmitido por lo demás disfrazadamente, que oficialmente ha nacido en el siglo XX, echa por tierra muchas ideas preconcebidas, y sugiere demasiadas incógnitas.
No creo, no obstante, que sea éste en definitiva el mensaje a transmitir, ni entiendo el por qué de la elección de esos metales en particular, pero no me cabe duda de que una de las deducciones colaterales que se esconden tras ese lenguaje que Feijoo calificaba peyorativamente (y no sin cierto grado de razón) de magnificente, es la negación de la casualidad respecto de una sucesión que nos conduce al conocimiento de un orden atómico como la única resultante posible después de no encontrarla en ninguna otra hipótesis.